TODO LO QUE ELLA QUERÍA ERA SER MIRADA. Y él la miró, con sus ojos de fotógrafo que siempre miran diferente.
TODO LO QUE ELLA QUERÍA ERA SER ADMIRADA. Y él la admiró, con sus ojos de viejo que veían las cosas que para ella eran invisibles.
TODO LO QUE ÉL QUERÍA ERA RETRATARLA. Y ella posó, con su cuerpo de veinteañera que en silencio tintineaba estruendosa cuando la cámara la veía.
TODO LO QUE ÉL QUERÍA ERA TRANSPORTARLA AL PAPEL. Y ella se dejó plasmar porque hasta allá quería que la llevaran.
Así empezó esta historia, con un fotógrafo que, con su cámara en la mano, esperaba paciente a que la joven modelo se desnudara.
Pero muchos dicen que la cámara es un sortilegio roba almas y él se la robó sin más otra arma que su mirada. Pero esta vez el embrujo fue doble y ella también se llevó su alma.
Seducción que surge cuando se descubre que en la cámara no sólo caben unos ojos, sino también un cuerpo entero lleno de ganas.
Y como el alma está pegada a la piel, se juntaron para despertar la cábala que a él le regaló un pedazo de su pasado y a ella le adelantó de golpe una rebanada de futuro.
Y en esta fiesta que inventaron, sólo hubo piel y alma. El corazón se quedó aparte, lejos, porque para estas celebraciones no hace falta.
Sus razones sólo ellos las saben. Pero las supieron desde que iniciaron su camino de sinrazones al que los arrastró el torbellino inefable de una cámara.
En esta historia de ansias desbocadas no hay nabokovianas Lolitas ni serratovianos Tíos Albertos. Hay sólo un abismo de tiempo al cual ambos decidieron lanzarse, como quien brinca al vacío por el simple e incomprensible placer de hacerlo.
Gustavo Armenta






